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El abismo después del despido: Cuando pierdes tu cargo, pero te encuentras a ti mismo.

  • 25 feb
  • 3 Min. de lectura

Hay un duelo del que nadie habla en el mundo corporativo. Ocurre la mañana siguiente al despido o a esa renuncia inevitable. Te despiezas a las 6:00 a.m. por inercia, miras el celular y no hay correos urgentes que resolver, no hay crisis que apagar, no hay reuniones de junta.


En ese silencio, el ego cruje. Para una persona que ha dedicado 15 o 20 años  de su vida a construir seguridad y estabilidad laboral, el choque no es solo financiero; es una fractura existencial. De repente, la pregunta no es "¿cómo pago las cuentas?", sino "¿quién soy yo ahora?”.


Si estás en este punto, puedes experimentar altos niveles de incertidumbre, dudar de tus habilidades y estar sintiendo una vergüenza que no te atreves a confesar, quiero que te detengas un momento. No estás roto, y definitivamente, no estás solo.


Tu miedo tiene un sustento real. Las estadísticas son frías: reportes de la OIT y entidades como la Cruz Roja sobre empleabilidad muestran que los profesionales mayores de 45 años enfrentan barreras invisibles (y a veces muy visibles) en los procesos de selección, y en los procesos de modernización y cambio en las empresas. Existe un "edadismo" sistémico que a menudo prefiere la juventud moldeable a la experiencia consolidada.



Sentir frustración ante un algoritmo que descarta tu currículum de 20 años de experiencia en tres segundos es absolutamente legítimo. Es un hecho. Sin embargo, aquí es donde la Ontología del Lenguaje nos ofrece una salida de emergencia antes de caer en el abismo del victimismo.


El "Quiebre" y la trampa del Juicio Maestro, en el coaching lo llamamos "transparencia" a ese estado en el que vivimos en piloto automático. Ibas a la oficina, cumplías algunas metas, muchas de ellas con las que ni siquiera estabas de acuerdo, cobrabas tu salario y la vida fluía. El despido es un Quiebre: una interrupción violenta de esa transparencia que te obliga a detenerte y mirar.


El sufrimiento paralizante no nace del quiebre en sí (el hecho de no tener empleo), sino de la historia que te cuentas sobre ese quiebre (tus juicios). La trampa es comprarte el Juicio Maestro de la insuficiencia, o de la traición, o la comparación: "Si la empresa ya no me quiere, es porque ya no sirvo", "A mi edad es imposible empezar de nuevo”, “van a contratar a alguien más joven”, “El que llegue va a cobrar menos”. Pasaste tantos años usando la escarapela de presentación de una multinacional como un escudo que definía quien eres, que sufriste una ceguera cognitiva. Confundiste el territorio con el mapa; confundiste el Ser con el Hacer.

El dolor de esta transición es necesario. Es el dolor de un "Yo" corporativo que muere para dar paso a un individuo soberano. La empresa te quitó un escritorio, un título y un salario. Esos son los hechos. Pero nadie te ha quitado, ni te ha despedido de tu capacidad analítica, de tu resiliencia forjada en crisis reales, de tu habilidad para sostener a un equipo cuando todo sale mal. Tus competencias están intactas, grabadas en tu biología y en tu experiencia.


Abordar este dolor requiere valentía. No se trata de darnos palmaditas en la espalda ni de caer en la autocomplacencia del "el mundo es injusto conmigo". Tampoco se trata de salir corriendo a aceptar cualquier cosa por miedo. Se trata de mirarte al espejo con un amor riguroso y hacerte responsable de tu propia grandeza. Se trata de aceptar que la estabilidad y la seguridad externas siempre fueron una ilusión y que la única certeza real vive dentro de ti, este es un llamado a la empatía activa.


Si estás leyendo esto y estás en la cima de tu carrera corporativa, mira a tu alrededor. Hay colegas brillantes a los que hoy no les suena el teléfono, no les llegan corroes y nunca son citados a una entrevista de trabajo. No necesitan tu lástima, necesitan que les recuerdes quiénes son cuando el miedo les nubla la vista. Invítalos a un café, hazles una pregunta poderosa, acompáñalos a cruzar su desierto.


Y si tú eres quien hoy atraviesa ese desierto: respira. No es el fin de tu historia, es el final de un capítulo que ya te quedaba pequeño. Permítete sentir la incomodidad, despídete de tu antiguo cargo con gratitud, y prepárate para diseñar, desde la libertad y no desde la necesidad, el próximo gran paso de tu vida; nos veremos en el camino de la hermosa incertidumbre.


Manuel Durán

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